La vida es como la electricidad.
La intensidad de la vida es directamente proporcional a las emociones
sentidas e inversamente proporcional al hastío.
No somos más que circuitos eléctricos alimentados por estímulos
electro-neuronales que transformamos de la luz solar.
Eres un sol.
La intensidad en un circuito eléctrico es directamente proporcional a
la diferencia de potencial e inversamente proporcional a la
resistencia.
La tensión es…
Me cuesta tanto escribir estos enunciados. No me apetece nada repasar
leyes físicas. De físico sólo quiero tu cuerpo. De leyes sólo la de
tu voluntad. Soy un miserable electrón viajando por tu piel.
La tensión es directamente proporcional a tu belleza, esto es, que
cuanto mayor diferencia de potencial o voltaje se aplica a mi
cerebro, mayor es mi deseo de estrecharte en mis brazos.
Intensidad...
A menos que la resistencia en el circuito aumente y mi tensión
disminuya. La distancia y el tiempo son resistencias óhmicas que
provocan caídas de tensión en mi ánimo.
Es curioso, los enamorados somos tan… tan galvánicos.
Por alguna extraña razón, te enamoraste de un electricista. Por
ninguna extraña razón te amé desde el primer instante en el que tus
labios dibujaron una sonrisa. Una sonrisa que me revolucionó como a
un motor monofásico a doscientos veinte voltios.
Si fueras peligrosa, si toda tú fueras de un voltaje insoportable, ya
estaría muerto, electrocutado por tus labios.
No puedo aislarme de ti, estoy sometido a tus corrientes.
Eres peligrosa, me sobrecargas y mis redes conductoras acaban
recalentadas.
Vamos, sabes muy bien que no son redes, es mi miembro que se
encabrita cuando accionas algún conmutador sin darte cuenta.
No te rías, mi tensión aumenta.
Jamás podrías hacerme daño, al menos eso crees, preciosa; pero mis
dedos se crispan en la pluma y el plumín parece arrancar hebras del
papel. Descargas en mí continuamente tu intensidad como un potente
condensador.
Es esta electricidad que me domina la que me obliga a escribir cosas
extrañas y alienantes.
Eléctricas, electrizantes.
Se han confundido e intrincado íntimamente las leyes físicas de la
electricidad con el amor. Nunca pensé que fuera posible.
Me convertiré en un androide.
El coeficiente de conductibilidad más alto, lo tienes tú y tus dedos.
Tus labios conducen tal cantidad de amperaje, que cauterizan todo lo
que rozan.
Besos eléctricos, voltaicos, óhmicos, capacitativos, inductivos...
Me distraes, debería estudiar para el examen de admisión.
La primera ley de Kirchoff dice que en un circuito eléctrico la suma
de intensidades en cada derivación, es la total.
Menuda tontería es la electricidad, porque la suma de la intensidad
de las caricias en tu cuerpo, se eleva al cubo y mi mano torpe
adquiere un temblor que hace triples las caricias. Ocurre con mis
dedos como con las alas de los colibrís: nadie las ve.
Un rayo violeta que entra por mi pene y sale reventando el corazón; a
veces pienso que puede ocurrir. No me importa, no me importará cuando
ocurra.
Eres un relámpago de cegadora belleza.
Mis dedos brillan como espejos, las uñas se han hecho pequeñas,
estrechas, duras.
Son puntas de destornillador, con las que sueño con acceder a cada
uno de los bornes de tu cuerpo.
Mis labios son cárnicas puntas de prueba de un multímetro analógico y
creo enloquecer a medida que la intensidad aumenta y las resistencias
se calientan.
No importa, tengo fusilbles de recambio. Puedo amarte durante muchos
años, porque tengo también miles de conmutadores y metros de cables
en el almacén.
¿Sabes que cuanto mayor es la temperatura en un conductor, mayor es
su resistencia?
El amor me quema, cuanto más te amo, más sube mi temperatura y puede
que esto no acabe bien si no moderas tu sonrisa y sensualidad.
No te rías, es cierto.
Como conductor eléctrico tengo un límite.
Y cuando no pueda más, me sumergiré en helio líquido y seré un
superconductor. Por el gran Dios de los Transformadores de Alta
Tensión: ¿No podrías girar mi cara y darme un beso? Electrocútame,
así dulcemente.
Arráncame de la esta aburrida tarea de estudiar las leyes eléctricas.
Dame una lección práctica del poder del electro-amor
¿O acaso no ves en mis ojos un resplandor incandescente? Se han
convertido en válvulas transistoras para amplificar tu imagen.
Hasta el mundo es alternante y continuamente mutable contigo; la raíz
cuadrada de tres es una razón trigonométrica para calcular la
intensidad en un sistema alterno trifásico.
Y tus curvas son cosenos de valor enésimo, la trigonometría no puede
mesurar la profundidad y el ángulo de tus muslos, del generador que
entre ellos se esconde. Eres de un incalculable valor amperimétrico.
De una desesperante sensualidad.
Un generador de amor que me abastece de energía. Soy un muñeco de
pilas ante ti.
Sin ti sería algo inerte, un juguete sin baterías.
La física no tiene recursos para calcularte.
La física, si fuera hombre, no querría calcularte. Daría gracias por
follarte.
Esto no va bien, no consigo centrarme, es imposible que pueda aprobar
contigo conectada a mi piel, a mi cerebro.
El solenoide es el principio fundamental de la electricidad. Un
electro-imán es un núcleo de hierro dentro de una bobina de hilo de
cobre y cuando a ésta se la aplica tensión, el hombre es atraído
irremisiblemente por ti.
Los pechos magnéticos... ¿Ves? ¿Cómo quieres que consiga el empleo si
confundo tus pechos con los campos magnéticos?
Yo sólo quiero besarte, mi poderosa Electra.
Que fibriles mis ventrículos con tus kilo-watios de potencia, con tu
amor.
No me voy a presentar al examen, está visto que lo mío no es la
electricidad.
¿Te gustan los albañiles?
Sé que la dureza Rockwell del hormigón armado depende del porcentaje
de cemento, cal y grava; y del tiempo en el que no dejo de dar
vueltas a tu alrededor admirándote, fraguando amor por ti...
Hoy no es mi día.
Iconoclasta
31.10.08
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Me encantó el blog. Es sencillamente genial.
Un abrazo,
Arancha
Muchas gracias por tu amabilidad, Arancha.
Un beso.
Buen sexo.
Publicar un comentario